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Fue tan fuerte su ráfaga, que cegada descendí a los infiernos. Allí purgué mi soberbia abatida, mi orgullo herido. Me daban la humildad a cucharones y no quería tomarla. Me resistía a perder el poco amor propio que me quedaba. La ira era incontrolable en mi lengua, incluso los celos se apoderaron de mí. Pensé en no salir nunca de esas llamas, prefería arder que perder todo lo que me invitaba a moverme, a vivir.

Así fueron pasando los días. El fuego me hacía entrar en la locura, y quería estar loca. Yo misma me entretenía haciendo de fuelle para que no dejara de arder esa hoguera en la que me habían metido. No veía el cielo y ya no deseaba tocarlo con las manos.

Toda pared, con el tiempo se resquebraja, y una grieta dejó el paso de una pequeña luz. No quería mirarla, pero me hizo despertar y arropada en una manta, traspasé el fuego dirigiéndome hacia ella. Allí se abrió la puerta y una oleada de aire limpio inundó mis pulmones. Sé que respiré y, en ese momento, me di cuenta que yo era cielo, que no tenía que tocarlo.

Ahora solo me alcanza el vuelo libre de las aves, las nubes curiosas que intentan adentrarse en mi.

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